Cada 1° de agosto, cuando el invierno comienza lentamente a ceder y la naturaleza se prepara para un nuevo ciclo, los pueblos originarios de los Andes vuelven a mirar hacia la tierra con gratitud. Es el Día de la Pachamama, una fecha que trasciende el calendario para convertirse en un profundo acto de reciprocidad con la Madre Tierra, aquella que alimenta, protege y sostiene toda forma de vida.
En San Luis, donde aún perduran las huellas culturales de los pueblos Huarpe, Ranquel y Comechingón, esta tradición conserva una vigencia que emociona. No se trata únicamente de una ceremonia ancestral, sino de una manera de comprender el mundo: una cosmovisión donde el ser humano no domina la naturaleza, sino que forma parte de ella y tiene la responsabilidad de preservarla para las generaciones futuras.
El Día de la Pachamama es mucho más que una celebración tradicional. Es una invitación a detener el ritmo cotidiano para agradecer, compartir y recordar que la naturaleza no es un recurso inagotable, sino una presencia viva que sostiene cada existencia. Los pueblos Huarpe, Ranquel y Comechingón, cada uno con sus propias expresiones culturales y espirituales, dejaron como legado una forma de comprender el territorio basada en el respeto, la reciprocidad y el equilibrio con el mundo natural. Esa herencia continúa inspirando a quienes reconocen que cuidar el agua, los montes, la fauna y los paisajes también significa honrar la memoria de quienes habitaron estas tierras mucho antes que nosotros.
Días atrás, durante la liberación del cóndor andino Wayra, en el Parque Nacional Sierra de las Quijadas, esa filosofía volvió a hacerse visible. Antes de que el ave recuperara el cielo, el silencio del paisaje fue interrumpido por un antiguo ritual de gratitud dirigido por Lucía del Carmen Calderón, integrante del Centro de Estudios de Opinión Pública (CEOP) por el pueblo Huarpe de Guanacache y guía espiritual de la ceremonia.
Allí, frente al inmenso escenario natural del parque, se celebró la Pecne Tao, la ofrenda a la Madre Tierra, un ritual sagrado que desde tiempos inmemoriales expresa el vínculo de respeto entre las comunidades originarias y la naturaleza.
La ceremonia comenzó con el pedido de permiso a la Pecne Tao, la Madre Tierra, y a los ancestros. Nada puede iniciarse sin antes solicitar autorización a quienes resguardan el equilibrio de la vida. El guía espiritual y los guardianes de los elementos abrieron entonces el espacio ceremonial con profundo respeto, reconociendo que toda acción humana debe nacer desde la humildad.
Para la ocasión se cavó un pequeño pozo en la tierra. Para la cosmovisión Huarpe no es simplemente un hoyo, sino que representa la boca de la Madre Tierra, el lugar donde recibiría el alimento y los agradecimientos de sus hijos.
El aroma del sahumerio comenzó a expandirse lentamente. Sobre las brasas ardieron hierbas nativas como la jarilla y el chañar, cuyo humo purificó el espacio y elevó las plegarias hacia el cielo. El fuego, uno de los cuatro elementos sagrados, acompañó cada palabra y cada silencio.
Poco a poco fueron llegando las ofrendas. Semillas, maíz, granos y frutos regionales fueron depositados cuidadosamente como símbolo de gratitud por las cosechas, por el alimento recibido y por el ciclo de vida que había transcurrido. También se compartieron bebidas como agua, vino y leche, junto con diferente tipo de alimentos que provee la tierra, elementos que, según la tradición ancestral, abren los caminos y alimentan espiritualmente el vientre de la Madre Tierra.
Pero quizás el momento más conmovedor llegó cuando niños y adultos se acercaron al pozo ceremonial para entregar algo mucho más valioso que cualquier alimento, sus deseos. Pidieron por la paz, por la salud de los mayores, por el trabajo, por la felicidad de las familias, por las lluvias tan esperadas y por la recuperación de las Lagunas de Guanacache. También dejaron allí sus sueños, confiándolos a la tierra con la esperanza de que florezcan junto con un nuevo ciclo.
Al finalizar, el pozo fue cubierto nuevamente con tierra, no fue un gesto de despedida, si no un compromiso renovado de respeto mutuo entre el ser humano y la naturaleza.
La ceremonia comenzó con el pedido de permiso a la Pecne Tao, la Madre Tierra, y a los ancestros. Nada puede iniciarse sin antes solicitar autorización a quienes resguardan el equilibrio de la vida. El guía espiritual y los guardianes de los elementos abrieron entonces el espacio ceremonial con profundo respeto, reconociendo que toda acción humana debe nacer desde la humildad.
Para la ocasión se cavó un pequeño pozo en la tierra. Para la cosmovisión Huarpe no es simplemente un hoyo, sino que representa la boca de la Madre Tierra, el lugar donde recibiría el alimento y los agradecimientos de sus hijos.
El aroma del sahumerio comenzó a expandirse lentamente. Sobre las brasas ardieron hierbas nativas como la jarilla y el chañar, cuyo humo purificó el espacio y elevó las plegarias hacia el cielo. El fuego, uno de los cuatro elementos sagrados, acompañó cada palabra y cada silencio.
Poco a poco fueron llegando las ofrendas. Semillas, maíz, granos y frutos regionales fueron depositados cuidadosamente como símbolo de gratitud por las cosechas, por el alimento recibido y por el ciclo de vida que había transcurrido. También se compartieron bebidas como agua, vino y leche, junto con diferente tipo de alimentos que provee la tierra, elementos que, según la tradición ancestral, abren los caminos y alimentan espiritualmente el vientre de la Madre Tierra.
Pero quizás el momento más conmovedor llegó cuando niños y adultos se acercaron al pozo ceremonial para entregar algo mucho más valioso que cualquier alimento, sus deseos. Pidieron por la paz, por la salud de los mayores, por el trabajo, por la felicidad de las familias, por las lluvias tan esperadas y por la recuperación de las Lagunas de Guanacache. También dejaron allí sus sueños, confiándolos a la tierra con la esperanza de que florezcan junto con un nuevo ciclo.
Al finalizar, el pozo fue cubierto nuevamente con tierra, no fue un gesto de despedida, si no un compromiso renovado de respeto mutuo entre el ser humano y la naturaleza.
El cóndor, el gran mensajero entre el cielo y la tierra
La ceremonia tuvo un significado aún más profundo al realizarse antes del regreso a la libertad del cóndor Wayra. Para el pueblo Huarpe, este ave posee un carácter profundamente sagrado. “Tiene un valor muy especial. Es lo que une lo espiritual con lo terrenal; representa el aire, uno de los cuatro elementos presentes en todas nuestras ceremonias y en cada momento de nuestras vidas”, expresó con emoción Lucía del Carmen Calderón.
En la cosmovisión Huarpe, el cóndor no es solamente el ave voladora más grande de América. Es el gran mensajero entre los ancestros y Xumuc, el Padre Sol. “Nuestro hermano cóndor lleva el mensaje de nuestros ancestros hacia nuestro Padre Sol. Es símbolo de respeto, admiración y protección. Cuando aparece, significa que nuestros pedidos han sido escuchados”, explicó la guía espiritual mientras el viento recorría las quebradas de Sierra de las Quijadas.
Su vuelo representa el equilibrio entre el cielo y la tierra, la libertad del espíritu y la armonía de los ciclos naturales. Guardián de las cumbres, protector del territorio y símbolo del aire, el cóndor ocupa un lugar central en las ceremonias de ofrenda y en los rituales que acompañan la liberación de ejemplares rescatados y rehabilitados, como una manera de pedir por su protección y por la convivencia respetuosa entre las personas y la naturaleza.
Cuando la escuela también transmite memoria
Entre quienes participaron de la ceremonia estuvo la comunidad educativa de la Escuela Nº430 ‘Vicedirector Alfredo Domínguez’, del paraje Santo Domingo. El docente Andrés Agüero, y los alumnos de la institución, acompañaron el ritual convencidos de que la educación también consiste en preservar la memoria cultural. “En nuestra escuela tenemos patrimonio originario, transmitimos de muy cerca la cultura Huarpe y el cóndor es un ave que representa uno de los cuatro elementos de la cultura Huarpe. Entonces, creo que es importante que ellos puedan participar de esto”, señaló Agüero.
Enseñanza y sentimiento que trasciende generaciones
En tiempos en los que el planeta enfrenta enormes desafíos ambientales, ceremonias como la Pecne Tao adquieren un significado universal. Nos recuerdan que la gratitud también puede ser una forma de conservación y que cada semilla ofrecida a la tierra representa una promesa de futuro.
Porque mientras exista alguien dispuesto a agradecer antes de tomar, a pedir permiso antes de intervenir y a devolver a la naturaleza parte de lo recibido, la voz de la Pachamama seguirá latiendo y para recordarle a toda la humanidad que la verdadera riqueza nace del equilibrio entre el ser humano y la tierra que lo cobija.

